Funes el memorioso (Relato de Jorge Luis Borges)

noviembre 5, 2010

Jorge Luis Borges: Funes el Memorioso (Ficciones, 1944)


El escritor argentino relata en este magistral cuento la tragedia de una persona con una memoria tan prodigiosa que está condenada al recuerdo total.

 

         Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la Tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño: Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres; “Un Zarathustra cimarrón y vernáculo”; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
         Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y .vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: ¿Qué horas son, Ireneo? Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco. La voz era aguda, burlona.
         Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
         Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
         Los años ochenta y cinco y ochenta y seis veraneamos en la ciudad de Montevideo. El ochenta y siete volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina.
         No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, “del día siete de febrero del año ochenta y cuatro”, ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó”, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”. Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, j por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio:
         El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
         En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del vigesimocuarto capítulo del libro séptimo de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non usdem verbis redderetur auditum.
         Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
         Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
         Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como la vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
         Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
         La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.
         Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, gas, la caldera, Napoleón, Agustín vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie marca; las últimas muy complicadas… Yo traté explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los “números” El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme.
         Locke, siglo XVII, postuló (y reprobó) idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
         Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucios y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
         Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
         La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
         Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
         Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

1942


Tema 7. La memoria (The Discovering Psychology. Zimbardo)

noviembre 5, 2010

En este video (20 minutos)  de la serie The Discovering Psychology, el profesor Philip Zimbardo resume las aportaciones de la Psicología al estudio de la memoria.


Tema 7. La memoria y el hipocampo

noviembre 5, 2010

Neurocientíficos y psicólogos han descubierto que  el hipocampo es un componente fundamental del proceso que regula la formación de la memoria, y alteraciones en el hipocampo se asocian a una serie de condiciones neurodegenerativas que desencadenan en la demencia.

El siguiente video (3 miutos) ilustra esta cuestión.


El pensamiento. Falacias informales

enero 25, 2010

Un sabio entomólogo, a la voz de ¡salta!, lograba que cada una de las pulgas de su colección se introdujeran en un frasco. Arrancó a una pulga las patas traseras y, al ordenar ¡salta!, la pulga no saltó, y lo mismo ocurrió al arrancar las patas a todas las demás. El sabio, entusiasmado, anotó en su cuaderno el gran descubrimiento: “Cuando se le quitan las patas traseras a una pulga, ésta deja de oír“.

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EL MÉDICO.- La decisión es suya: los fumadores se acatarran el doble, y en Castilla hace un frío que pela.

EL PACIENTE A UN AMIGO.- El médico me ha insinuado que deje Castilla.

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La evolución asegura la supervivencia de las especies. ¿De cuáles? De las que sobrevivan.

Si hubiese un referéndum sobre la pena de muerte, ganarían los buenos. ¿Y quiénes son los buenos? Los que ganen el referéndum. (Chumy Chúmez)

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UN INQUISIDOR. Todo acusado de hechicería es necesariamente culpable de ella. Dios no permitiría que quien no es un hechicero fuera acusado de serlo.

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-¿Por qué no arrebató usted el arma al suicida?

-Porque era suya. ¿Con qué derecho podía yo quitársela?

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Siempre traslado a los demás los buenos consejos. Es lo único que se puede hacer con ellos: darlos. A uno mismo no le sirven para nada. (Óscar Wilde)

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A los espectadores les afectan las fórmulas que usan los oradores hasta la saciedad: “¿Quién no lo sabe? ¡Todo el mundo lo sabe!”. Y el que escucha, avergonzado, asiente, con el fin de participar en lo que todos los demás saben. (Aristóteles)

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Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida, y de ahí a no ir a misa los domingos, y se acaba por perder la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. (Thomas de Quincey)

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Uno de los temas que trata tu libro de texto en el tema del PENSAMIENTO es el de los tipos de razonamiento y las falacias. Lo cierto es que es un tema más propio de la Filosofía que de la Psicología pero, si no tuviste ocasión en los cursos de Filosofía de tratar este asunto, puedes hacerlo ahora.

Las falacias (también conocidas como sofismas) son razonamientos incorrectos, aunque sean persuasivos y parezcan válidos. Las falacias formales pueden desmontarse fácilmente aplicando las reglas de la lógica formal. Las falacias informales (las que vamos a estudiar en este tema) son más difíciles de detectar, porque suelen pasar inadvertidas (yo mismo acabo de cometer una falacia) y, además, están muy presentes en el lenguaje cotidiano y el discurso social.

Para que estés prevenido, te recomiendo que, además de no incurrir nunca más inconscientemente en ninguna de las nueve falacias que recoge tu libro de texto, visites esta excelente página de Ricardo García Damborenea: USO DE RAZÓN y descubras la cantidad de argumentos falaces en los que nos dejamos enredar. Especialmente útil es el Diccionario de falacias. Te ayudará a mejorar tu uso de razón y a no dejarte embrollar o embaucar por nadie.


El desarrollo de la inteligencia (PIAGET)

diciembre 15, 2009

El desarrollo de la inteligencia

El psicólogo suizo Jean PIAGET (1896-1980)  es uno de los que mejor ha estudiado el proceso de maduración intelectual en los seres humanos. Según él, cuando nacemos sólo disponemos de unas cuantas conductas innatas: succionar, agarrar, moverse, etc; estos reflejos son la base sobre la que el niño, en contacto con el entorno, irá desarrollando esquemas de actuación, resolviendo los problemas que se le presentan y construyendo así su inteligencia.

Piaget divide el desarrollo de la inteligencia del niño en 4 etapas:

1) estadio sensorio-motriz (0-2 años)

2) estadio pre-operacional (2-7 años)

3) estadio de las operaciones concretas (7-12 años)

4) estadio de las operaciones formles (12-16 años)

Los límites de edad que marcan cada estadio son orientativos y dependen del grado de maduración de cada niño. Cada estadio responde a nuevas necesidades y estímulos del niño, que va adaptándose a las demandas del medio. Las estructuras que va aprendiendo (esquemas) se acumulan y se incorporan en su mente en un triple nivel: físico, intelectual y afectivo. Por ejemplo: un niño empieza a andar (ámbito físico); ya puede resolver problemas como el desplazamientos de objetos (ámbito intelectual) que antes no podía hacer; y se ha adaptado a una nueva relación afectiva, como ir al encuentro de sus padres (ámbito afectivo).

El estadio sensorio-motriz (0-2 años)

Es un periodo fundamental en el desarrollo de la inteligencia, pues el niño pasa de creer que el mundo termina en su propio cuerpo a descubrir que hay un mundo fuera de él y a construir un lenguaje. El niño llega equipado al mundo con una serie de sentidos y reflejos que le permiten sobrevivir, tales como llorar y mamar. Pero poco a poco esos instintos se convierten en una manera de comprender el mundo e interactuar con él; por eso el niño se lo lleva todo a la boca. Chupar pasa a ser un modo de conocer la realidad. También los movimientos de brazos y manos comienzan siendo reflejos físicos y acaban siendo medios cognitivos. Todas estas posibilidades aumentan cuando el niño empieza a caminar (pues se amplía su horizonte exploratorio) y su nivel intelectual da un giro gigantesco con la adquisición del lenguaje, al final de esta etapa.

Piaget estaba convencido de que el niño es capaz de resolver problemas (ser inteligente) antes de ser capaz de usar el lenguaje. Con esta afirmación provocó una gran discusión sobre si la inteligencia era anterior o posterior al lenguaje. ¿Podemos pensar sin lenguaje? Si afirmamos que el pensamiento no es sino “lenguaje interiorizado”, ¿cómo podemos decir que un bebé “piensa” si aún no dispone de lenguaje? Piaget contesta demostrando que el niño resuelve problemas si tiene a mano los elementos del problema (los objetos) y los puede manipular. En este sentido se equipararía a la inteligencia de otros animales superiores (como los chimpancés). Ya hacia el final del segundo año de vida, el niño construye las categorías de objeto, espacio, causalidad y tiempo, propias de una conducta inteligente.

Para el niño de menos de un año el mundo se compone únicamente de imágenes que aparecen y desaparecen. Si se le muestra un objeto y luego se oculta debajo de un paño, el niño llorará, si el objeto le gustaba, pero no intentará levantar el paño. Para él todavía no existen objetos permanentes (noción que no es innata y que deberá aprender). En el segundo año de vida adquirirá esta noción y será capaz de levantar el paño para buscar el objeto oculto (este es el fundamento del juego del cucu-trás). También apenderá la noción de causalidad (tirar de una cuerda para que suene el sonajero, por ejemplo).

Las operaciones pre-operativas (2-7 años)

El hecho dominante en esta etapa es la aparición del lenguaje, lo que provoca los siguientes cambios: intercomunicación con los demás, inicio del pensamiento (al poder “interiorizar” las palabras y hacer representaciones de las cosas). Es la génesis del pensamiento, pero éste no nace de golpe, sino que es un largo proceso que dura desde los dos años hasta el final de la etapa.

Al principio, el pensamiento del niño es egocéntrico, todo gira a su alrededor. Cree que las cosas están hechas y pensadas para que él las utilice (la luna brilla para que yo pueda ver la noche). Esta actitud de atribuir intencionalidad a todo, ya sea animado o inanimado, se denomina animismo y nos retrotrae a viejos mitos de las culturas primigenias que dotaban de voluntad (de “alma”) a las nubes, el sol, los ríos, etc.

Otro aspecto de la inteligencia infantil es la persistente pregunta de por qué; y no aún no distinguen el porqué causal del porqué final. ¿Por qué cae la pelota? Porque está en una pendiente (causa) o porque la pelota es mía y se dirige hacia donde yo estoy (finalidad).

En esta etapa el niño todavía no tiene razonamiento lógico, pero lo suple con una gran intuición. Por ejemplo: si le enseñamos a un niño una hilera de fichas de color y al lado le mostramos otro montón de fichas, y le pedimos que haga una hilera con el mismo número de fichas que la nuestra, a los 4 ó 5 años hará una hilera de la misma longitud, pero no tendrá en cuenta el número de fichas que coloca: es una intuición de la igualdad. Las intuiciones son el paso previo a las operaciones lógicas que vendrán después.

 Características:

*Realismo: todo lo que se percibe sensorialmente es real.

*Egocentrismo: incapacidad de ver desde otro punto de vista. No entiende por qué otro se siente de alguna manera.

*Centración: fija la atención en una parte de la situación y descarta las demás.

*Irreversibilidad: no puede retroceder en un pensamiento. No concibe dos categorías en una. Ej.: Su papá no puede ser el tío de su primo, porque ya es papá.

*Razonamiento transductivo: va de lo particular a lo particular, sin tomar en cuenta el aspecto general. Piensa que si dos hechos ocurren juntos, deben seguir ocurriendo juntos.

*Idiosincrasia: construye su propio lenguaje, compartiendo el significado con el adulto pero no el término.

*Simplismo: usa respuestas y razonamientos simples. Es el resultado de la incapacidad del niño para entender, simultáneamente, en más de unas pocas dimensiones.

*Absolutismo: usa respuestas absolutas, que no pueden cambiar, no da explicaciones. Un objeto no es más pequeño que otro, sino que es el más pequeño.

*Imitación diferida: capacidad de imitar un acto, aunque carezca de modelo, incluso varias horas después.

*Juego simbólico: realiza una representación mental al imitar cualquier conducta, usando tanto un objeto como otro, ignorando cualquier semejanza entre el objeto y su representación.

*Artificialismo: creencia de que todo lo que existe está hecho por alguien (Persona o Dios).

*Animismo: atribución de cualidades animistas a objetos inanimados. Ej.: “La mesa me pegó”.

*Fantasía: crea objetos, les da vida y establece relaciones con ellos.

*Manejo de conceptos:
            – Tiempo: lo maneja de acuerdo a su causalidad. Ej.: “Es de noche porque esta oscuro”.
            – Espacio: No distingue lejos y cerca en relación al tamaño.
 

Las operaciones concretas (7-12 años)

La etapa 6-7 años coincide, en la mayoría de los países, con el inicio de la enseñanza básica. Esto es así porque es en ese momento cuando el niño comienza a desarrollar un pensamiento lógico, su egocentrismo intelectual ha desaparecido y ya es capaz de distinguir su punto de vista del de los demás. Esto permite una percepción del mundo más equilibrada, el trabajo cooperativo, la discusión y el razonamiento con los otros, aceptar y entender normas que hacen posible los juegos organizados, etc. Todo ello provoca un progreso en la inteligencia.

A todo este repertorio de conductas respecto a los demás, tan importantes para el progreso intelectual, Piaget lo llama socialización. El elemento clave es la discusión con otros niños. Escuchar otros puntos de vista e intentar comprender sus razones provoca la reflexión, y reflexionar es la clave del pensamiento y la inteligencia. Además del egocentrismo, también desaparece poco a poco el animismo y el niño empieza a buscar respuestas más causales y “lógicas”. Históricamente, esta etapa coincidiría con la desaparición del mito como explicación del mundo y con la aparición de la reflexión racional de los primeros filósofos griegos. El atomismo de Demócrito (s. IV a.C.) tiene que ver con las concepciones atomísticas de los niños. Por ejemplo: si disolvemos azúcar en un vaso de agua y preguntamos a un niño qué ha ocurrido con el azúcar, escucharemos las siguientes respuestas: para un niño menor de 7 años, simplemente el azúcar ya no está; para uno mayor de 7 años, el azúcar está en el vaso mezclado con el agua, o bien, se ha roto en trocitos pequeños que están en el agua.

Esta es una explicación atomista que tiene en cuenta la conservación de la materia; lo que a un niño de esta edad le cuesta aún mucho entender es que los átomos de azúcar tienen volumen y masa, y, en consecuencia, el vaso de agua con azúcar pesará más y tendrá más volumen. Este razonamiento tendrá lugar hacia los 9 ó 10 años. De todos modos, el niño ya trabaja con las nociones de sustancia, peso y volumen, que son fundamentales para ir construyendo el mundo. Mucho más complejo es todavía entender longitudes y velocidades.

El progreso del pensamiento más espectacular de esta etapa es el paso de las intuiciones a las operaciones concretas. Una operación concreta es cualquier acción de reunir, organizar o clasificar series de objetos. ‘Concretas’ significa que para poder “pensar” estas operaciones hace falta tener los elementos delante, o sea, verlos y tocarlos. Son las operaciones de sumar palitos o pelotas, pero no números; o bien, hacer razonamientos sobre personas que están delante del niño, personas a las que ve. El niño piensa “con los ojos y con las manos”.

Este razonamiento lógico consiste en hacer series más grandes o más pequeñas, en agrupar elementos que estén incluidos unos dentro de otros y en relacionar la igualdad de dos elementos siguiendo uno intermedio; o sea, la estructura silogística básica de la propiedad transitiva: Si A = B y B = C, entonces A = C. Este esquema lógico lo utilizamos continuamente en la vida diaria y nos facilita la comprensión del mundo. El esquema intelectual que más nos cuesta adquirir, y lo hacemos durante etapa, es el de la reversibilidad: ser capaz de invertir las operaciones lógicas. Por ejemplo: si colocamos tres bolas A, B y C en un tubo y las dejamos rodar, el niño espera que salgan en este mismo orden; pero si giramos el tubo, a la inversa, el niño menor de 7 años no entenderá que primero salga A. Si a un niño de 4 años, José, que tiene un hermano, Pedro, le preguntamos si su hermano Pedro tiene un hermano, contestará: “Somos dos hermanos, y Pedro no tiene ningún hermano”. A este niño de 4 años le falta salir de su punto de vista y ver las cosas desde el otro: le falta reversibilidad. La reversibilidad es fundamental en las operaciones matemáticas (7 + 4 = 11; 11 – 4 = 7). Este esquema cognitivo de la reversibilidad se construye, precisamente, al mismo tiempo que la socialización: admitir los otros puntos de vista (empatía).

Las operaciones formales (12-16 años)

El último cambio en la maduración intelectual es el paso del pensamiento concreto al pensamiento abstracto. Hasta los 11 ó 12 años, las operaciones intelectuales son concretas, o sea, siempre hacen referencia a objetos que se pueden manipular; pero, a partir de esa edad, los niños ya pueden hacer operaciones sin tener los objetos delante, solamente con sus símbolos o representaciones; es decir, con las palabras. A este razonamiento que no necesita la presencia de las cosas y que puede funcionar con palabras o símbolos matemáticos, se le llama pensamiento formal o hipotético-deductivo. Con él se pueden extraer conclusiones desde unas premisas sin que el problema exista realmente. Ejemplo:

Eva tiene los abellos más oscuros que Ana

Eva es más rubia que Sandra

¿Quién tiene los cabellos más oscuros?

Un niño de diez años, a pesar de que es capaz de hacer una serie con colores, contestará que Ana es más morena, porque supone que Eva y Sandra son rubias. Sólo solucionaría bien el problema si pudiese ver a las tres chicas (pensamiento concreto). En cambio, un adolescente, puede resolver el problema de manera hipotética y forma, sin necesidad de ver a las chicas y sin que ni siquiera existan. En esta etapa se inicia la madurez del pensamiento y de la inteligencia.

 (Fuente: Manuel Güell y Pep Muñoz: Introducción a la psicología, Didaktiké, Barcelona, 1994)


El Condicionamiento Operante

diciembre 1, 2009

El condicionamiento operante comenzó a estudiarse en el siglo XX. Edward Thorndike observó  -como parte de sus estudios de doctorado- la conducta de gatos que intentaban escapar de una caja para conseguir el pescado que estaba en el exterior. Al principio, los gatos arañaban, mordían, golpeaban la jaula sin orden ni concierto hasta que, por azar, daban con la respuesta adecuada (aflojar un tornillo, tirar de una cuerda, pulsar un botón…) que les permitía salir corriendo y alcanzar la recompensa. Thorndike comprobó que, si se les colocaba de nuevo en la caja, ponían en práctica cada vez menos ensayos hasta dar con la respuesta correcta, lo que le condujo a sostener que la respuesta correcta (la acción que permitía accionar lo que les conducía a la recompensa) había sido “grabada” por ser la que conducía a un resultado satisfactorio: la obtención de comida, y que aquellas conductas que conducían a resultados insatisfactorios (no conseguir la comida) dejaban de emitirse.

Este principio general fue ampliado y elaborado para comportamientos más complicados por Skinner quien denominó a este enfoque “conductismo radical” para diferenciarlo del propuesto por Watson quien -como recordaréis- daba más importancia al conductismo clásico. Skinner concluyó que para entender la conducta hay que atender a sus causas externas y a sus consecuencias y no al interior del organismo utilizando términos como “satisfacción” y “malestar” haciendo suposiciones sobre los sentimientos y deseos tal como hacía Thorndike

En el condicionamiento clásico, no importa si la conducta de la persona o animal tiene o no consecuencias. Sin embargo, las consecuencias ambientales, son el núcleo del segundo tipo de aprendizaje estudiado por los conductistas: el condicionamiento operante. Por ejemplo, el perro de Pavlov aprendía a sociar dos acontecimientos que escapaban a su control (el sonido y la comida) y recíbía ésta aunque no hubera salivado, pero en el condicionamiento operante, la respuesta del organismo tiene efectos -opera- sobre el entorno y determina que la respuesta vuelva o no a producirse.

Otra diferencia entre uno y otro condicionamiento se encuentra en la clase de respuestas que implican. En el condicionamiento clásico las respuestas suelen ser reflejas (reacciones reflejas frente a algo que ocurre en el entorno). En el condicionamiento operante en general se trata de respuestas complejas, como montar en bicicleta, resolver un examen, enfadarse…


El Condicionamiento Clásico

noviembre 25, 2009

Puede que alguno de vosotros piense que Pávlov era psicólogo… Pues no,  Iván Petróvich Pávlov fue un fisiólogo ruso (1849-1936)  que estudió durante 1890 y 1900 la salivación en perros como parte de su investigación sobre la digestión por la que le sería concedido el premio Nobel de Medicina en 1904.

Y es que, ciertamente, Pavlov es conocido sobre todo por formular la ley del reflejo condicionado, que desarrolló entre 1890 y 1900 después de que su ayudante E.B. Twimyer observara que una vez que un perro había estado en el laboratorio unas cuantas veces, empezaba a salivar antes de que le pusieran la comida en la boca. Ver u oler la comida, el plato e incluso ver a la persona que le alimentaba día a día u oír sus pasos, bastaba para que comenzara a salivar. Indudablemente estas nuevas respuestas no eran innatas, sino que se habían adquirido con la experiencia.

Aunque al principio Pavlov consideró el babeo del perro como una simple secreción, pronto se percató de que su alumno había dado con lo que constituía la base de la mayor parte del aprendizaje de los seres humanos y otros animales. Denominó al  fenómeno reflejo condicional porque dependía de las condiciones del entorno. Lo de “condicionado” se debe a un error de tradución de sus escritos que aún hoy perdura. Pavlov se dedicó desde entonces a estudiar estos reflejos condicionados para tratar de responder a esta pregunta: ¿Por qué salivan los perros ante algo que no se come?

Descubrió que el reflejo original (salivar) estaba formado por un estímulo incondicionado (EI), la comida y una respuesta incondicionada (RI), la salivación. Para Pavlov, el estímulo incondicionado (EI) era un acontecimiento u objeto que provocada (elicitaba se dice en Psicología) una respuesta de manera automática o refleja; y la respuesta incondicionada (RI) era la que se producía de manera automática frente al estímulo incondicionado.

¿CÓMO SE PRODUCE, ENTONCES, EL APRENDIZAJE? Aprendemos cuando un estímulo neutro -cualquiera que no produzca una respuesta refleja- se empareja de tal modo con el estímulo incondicionado que pasa a ser un estímulo condicionado que provoca una respuesta aprendida o respuesta condicionada (RC) que, generalmente, es parecida a la respuesta inicial (no aprendida). En el experimento de Pavlov es la visión del plato de comida que al principio no producía salivación y se convierte en estímulo condicionado para ésta.

El procedimiento por el que un estímulo neutro se convierte en estímulo condicionado es lo que se conoce en Psicología como condicionamiento clásico o pavloviano.

Aquí tenéis un vídeo que recrea el conocido experimento de Pavlov (en inglés y subtitulado en portugués).